NURIA BARSÁN

Mujer de negocios tatuada que jamás ha pisado la universidad

Esta podría ser perfectamente la historia de una magnate del narcotráfico, y de haber seguido por donde iba posiblemente lo sería, pero la vida tenía otros planes para mí.

Soy Nuria Barsán y soy más fuerte que inteligente. Soy de Sevilla, la ciudad del Guadalquivir, río en el que he pasado horas y horas remando con el objetivo de ir a unos Juegos Olímpicos, hasta 2024. Nunca lo logré. Y aunque en mis comienzos mi entrenador me dijo que no llegaría a nada, me las apañé para quedar 5ª y 12ª del mundo, bicampeona de Europa, y unas cuantas veces campeona de España. A día de hoy sigo acumulando medallas.

Nací en el seno de dos familias desestructuradas. Mi abuela materna era una rica maltratadora y mi abuelo paterno, el representante de Sara Montiel y otros famosos de la época, se fue un día a por tabaco y nunca volvió. Mis padres, los cuales no duraron más de un año juntos (el tiempo para nacer yo y darse cuenta de que no se soportan), creen que los ricos y los empresarios son malos. Paradójicamente, ambos son emprendedores. Creo que por eso voté una vez a Podemos. Como te decía, soy más fuerte que inteligente.

Me crié entre vicios y violencia. La mayoría de días despertaba con gritos e insultos. Desayunaba un biberón de nesquik con leche agria y me iba al colegio de monjas donde pegaban a mis compañeros. A mí me amenazaban con expulsarme constantemente. Nunca lo hicieron. Renuncié a Dios y a estudiar. De pequeña quedaba con los niños de mi clase a la salida para pegarles, de adolescente le pegué a mi madre y de mayor a su último novio alcohólico. Luego dejé de pegar y empecé a creer en Dios.

Las cosas en casa no iban bien, pero fuera tampoco eran mejor. Me hicieron bullying y me marginaron en el colegio, el club, la catequesis, los campamentos, el deporte, el grado superior y hasta en un grupo de emprendedoras donde entré por un premio de esos que le dan a cualquiera para justificar sueldos y subvenciones. Si te digo la verdad, jamás me importó no encajar, me gustaba ser diferente. Cuando no hacía deporte, hacía manualidades que vendía con los juguetes que ya no quería en la piscina, la playa o donde fuese. Me gustaba crear cosas y venderlas. Pero lo que más me gustaba era negociar con los mayores y salir ganando. Jamás me sentí cómoda con la gente de mi edad. Ni emborrachándome o drogándome, aunque lo hice. Prefería estar sola en mi mundo, con los raritos que sacaban buenas notas, o con los adultos malos (según mis padres).

Resultará difícil de creer, pero fui una niña feliz. Quizás porque todo lo que viví me pareció algo normal hasta los 24 años.

Luego crecí y seguí siendo feliz y emprendedora. A pesar de que la gente esperaba que acabase en la droga o tirada en la calle. 

He montado varios negocios, algunos con gran éxito y otros con un fracaso absoluto. Todos legales. He ganado bastante dinero, me he gastado hasta el último céntimo y he pedido prestado. Siempre me he recuperado. Mi madre me llama «Nuria Hilton», mi padre estafadora, mis clientes «Teniente O’Nur», y mi novio dice que soy «una pija en el cuerpo de una exconvicta». He tenido jefes y trabajadores, que son peor que los jefes, y he trabajado con emprendedores. Me he hartado de aguantar tonterías.

Ahora ayudo a adultos serios decididos a triunfar en la vida que necesitan a alguien que coja el timón de su negocio para conducirlo al éxito. Si eres uno de ellos, deja tu email aquí:



© Copyright 2025 Nuria Barsán - Todos los derechos reservados.